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Mercedes Pardo, una de las más notables
autoras del arte moderno venezolano y parte de los creadores que
fundaron la sensibilidad y el discurso abstractos en el país,
dejó desde el jueves de frecuentar su estudio, en el que se
mantuvo siempre activa. La artista, quien contaba 82 años,
falleció el jueves en San Antonio de los Altos y fue inhumada
ayer, luego de su velación en la capilla Monumental del
Cementerio del Este.
Pardo compartió estudios con Jesús Soto y Alejandro Otero, de
quien fue esposa durante 30 años y con quien cooperó artística e
intelectualmente.
Nació en Caracas el 29 de julio de 1922. Fue Premio Nacional de
Artes Plásticas y Aplicadas en 1964 y Premio Nacional de Artes
Plásticas 1978. Estudió en la Escuela de Artes Plásticas y Artes
Aplicadas, dirigida por Monsanto, donde –recordaba– fue alumna
de profesores de primerísima calidad: Mariano Picón Salas,
Bernardo Monsanto, Enrique Planchart, Alejo Carpentier.
El 7 febrero de 2005 le razonó a Milagros Socorro su condición
de artista en la que sería su última entrevista concedida a este
diario:
“En primer lugar, mi abuelo, Manuel María Ponte, de los mismos
Ponte, por cierto, del padre del Libertador, era muy aficionado
a la pintura y tenía buenos cuadros. Así que desde mi nacimiento
vi buena pintura. Una de mis bisabuelas, la escocesa Inés
Maclong Stelling, era pintora; llegó un momento en que quedó
paralítica y se dedicó a pintar.
Y ya que estamos en mi genealogía, te cuento que otra de mis
bisabuelas, Dolores Hernáiz Soublette, nieta del general Carlos
Soublette, se casó con un historiador y diplomático colombiano
llamado Ricardo Becerra, que escribió una biografía de Francisco
de Miranda, de la que hay completa ignorancia en Venezuela. Soy,
pues, una mezcla completamente venezolana. Y es de esta familia
y mi educación temprana de donde surge mi vocación”.
El color y el todo
Esta creadora fue dueña de una obra cuyo desarrollo
niveló corrientes abstractas, propiedades cualitativas de la
geometría (en muchos casos alterada o reinterpretada), potencia
cromática y cierta belleza, cierta fragilidad interior y
sustrato poético que ella asentía: “Para mí, el arte abstracto
lírico que yo practico es generalmente una búsqueda de metáforas
y, a través de ellas, sin ser demasiado explícita, expreso un
contenido humano” (El Nacional, 18 de
agosto de 2001).
La Galería de Arte Nacional obsequió a sus audiencias en 1991
con la retrospectiva Mercedes Pardo.
Moradas del color, un amplio estudio y muestreo de su
obra. En esa ocasión escribió su amiga Elizabeth Schön, para el
catálogo de la exhibición, un texto titulado “La plenitud más
plena”, en el que cavilaba: “Entrar en los colores de Mercedes
Pardo, bien sea el rosado, el anaranjado, el violeta, es
descubrir una dimensión que nunca antes se había sospechado
experimentar. No se vislumbran límites, tampoco se distinguen
opuestos, dando la impresión de que ellos habitaran sólo en lo
remoto de los astros, en la distancia de los ventanales, en las
longitudes de las aguas y sus riberas, y a medida que penetramos
en esa dimensión, más y más nos empuja hacia un adentro
demasiado hondo, como si perteneciera a un centro que no es
posible tocar, ubicar, porque podría estar dentro de uno mismo,
como podría hallarse en todas partes o en ninguna en particular.
Es cuando nos damos cuenta de encontrarnos en lo infinito del
color de Mercedes Pardo, en ese azul que trascendió del finito
azul al infinito azul, en su irrompible armonía viva de ser”.
Y sí. En Mercedes Pardo el cuerpo del espacio tiene una carne
muy sensible: el color. Precisamente el recurso más inmediato,
entrañable y comprensible del que se puede valer el espectador
de sus obras para hacer inmersión en ellas. Sin embargo, no fue
la inquietud central confesada por la artista.
“Más importante es el todo, que haya un buen resultado”, confesó
(El Nacional, 18 de agosto de 2001).
“El reto de un pintor es romper con la bidimensionalidad. Eso
que lograron en su momento los renacentistas italianos con la
perspectiva, y a lo que los abstractos llegaron por otras vías.
No se trata de hacer arte por arte. El color, la forma, la
perspectiva, no son más que la estructura. Lo más importante es
el mensaje, el contenido que tenga la obra de arte. Para mí no
hay un abstracto absoluto. Eso no existe. El más purista al
respecto podría haber sido Mondrian. Sin embargo, en él eso
contempla una intención mística. El llegó a decir, incluso, que
cuando el hombre fuera totalmente feliz, no necesitaría del
arte”.
Persona
La poeta Yolanda Pantín quiso esbozar su personalidad en
el Papel Literario de
El Nacional, el 14 de agosto de 2004:
“Puede parecer distante, y de hecho lo es. Pero me agrada su
reserva, el hecho de que no se prodigue demasiado y pueda al
mismo tiempo ser tan grata. Cada gesto en ella, cada palabra que
dice tiene sentido. Es responsable de lo que dice, de lo que
piensa y de lo que hace; lo primero:
de la obra que ha construido en el hacer de los días. Reservada,
fiel a sí misma. A nadie quiere ‘encandilar’ ni con su talento,
ni con su saber. No le interesa que la encasillen en escuelas,
en estilos o en tendencias. Quiere seguir haciendo su obra. Yo
la escucho hablar. Me gusta como hablan estas caraqueñas, la
manera como prodigan los adverbios para subrayar las frases:
completamente, absolutamente”.
Absolutos que ella refrendó en declaraciones como: “Yo prefiero
hablar de coherencia. Y para mí la coherencia radica en el hecho
de que desde que soy una jovencita hasta ahora le pido a Dios
que me permita seguir trabajando, porque todavía no he hecho la
obra maestra que quiero hacer. En mis 80 hago lo mismo que hacía
en mis 20: trabajar, trabajar y trabajar. Ahí está todo”.
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